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Retratos ocultos en la era de los selfies

El selfie representa el culmen del narcisismo en nuestros días. Es
un fenómeno que atraviesa nuestras vidas, nuestras identidades
y nuestras pantallas. Más que una simple imagen, el selfie es un
espejo que nos devuelve una versión editada de nosotros mismos,
una máscara que elegimos presentar al mundo y en muchos casos,
una fragmentación de nuestra propia identidad.
El arte ha explorado el rostro humano durante siglos. La pintura
clásica buscó la representación fiel del individuo, el Romanticismo
exaltó la subjetividad, y el arte contemporáneo ha desafiado, de-
construido y reconfigurado la idea del “yo”.
Hoy, en la era digital, la imagen personal ya no es solo una re-
presentación, sino una performance en constante edición. Vivimos
en un tiempo donde la identidad se construye a partir de píxeles y
filtros. Los rostros que mostramos en redes sociales no son nece-
sariamente nuestros rostros, sino versiones optimizadas, alteradas
y curadas de nuestra presencia. Nos convertimos en imágenes que
buscamos controlar, modificar y compartir, y en ese proceso, nues-
tra identidad se disuelve en un collage de simulacros.
Pero, ¿qué sucede cuando la imagen se vuelve más real que la per-
sona? ¿Cuándo la identidad se atomiza en mil versiones diferentes,
todas destinadas a la mirada del otro? Si la imagen domina sobre la
esencia, ¿qué queda del sujeto detrás de la pantalla?
Como artistas, nuestro reto es hacer visible lo invisible, cuestionar
lo que se da por sentado. No se trata de rechazar el selfie, sino de
entender su poder. Porque al final, el arte no busca respuestas defi-
nitivas, sino preguntas que nos sacudan. Y hoy la gran pregunta es:
¿Quiénes somos cuando nadie nos está mirando?

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